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“JFK: Caso abierto”: La historia secreta del asesinato del Presidente de EU

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Casi inmediatamente después de que la Comisión Warren emitiera su informe final, en septiembre de 1964, comenzó a surgir información en documentación gubernamental clasificada que sugería la necesidad de reescribir la historia del asesinato del Presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy. La mayoría de esa información permanecería oculta durante décadas.

Sin embargo, las preguntas sin respuestas que aún rondaban el asesinato del Presidente Kennedy ocasionarían que el movimiento conspiratorio cobrara fuerza durante la década de 1960, convenciendo al público estadounidense de que Lee Harvey Oswald no había actuado solo.

El legado de la comisión enfrentaría severos ataques por parte de los críticos quienes, eventualmente, incluirían en sus acusaciones a algunos de los hombres que ayudaron a escribir el informe de la comisión. Aquí un fragmento de la historia secreta…

ADELANTO EXCLUSIVO DEL LIBRO

Octubre de 1964 – 1965 Se sentía alivio —deleite, incluso— en la CIA durante los días posteriores a la publicación del Informe Warren. El miedo de que se acusara a la agencia de haber metido la pata en su supuestamente agresiva vigilancia sobre Oswald en México un año antes —de que la agencia de espionaje habría podido, de algún modo, haber evitado el asesinato—, parecía haberse olvidado.

El resultado fue mérito, pensaba la agencia, del jefe de la estación de la Ciudad de México, Win Scott, que asumió un papel protagónico al convencer a la comisión de que la CIA había hecho su trabajo adecuadamente.

En un cable dirigido a la estación de la Ciudad de México el 25 de septiembre, el día después de que el informe de la comisión se le presentó al Presidente Johnson, el cuartel general de la CIA ofreció sus felicitaciones y agradecimiento a Scott: “Todos los elementos del cuartel general involucrados en el asunto Oswald desean expresar su gratitud a la estación por su esfuerzo en este y otros aspectos del caso Oswald”.

El nombre del viejo amigo de Scott, James Angleton, quien había controlado con sigilo la información que se compartió con la comisión, no estaba incluido en la felicitación despachada desde Langley. Eso se apegaba a la personalidad de Angleton, quien parecía preferir merodear en las sombras, incluso dentro de los mismos pasillos de la CIA. Así que, después de todas las buenas noticias provenientes de Washington y de sus viejos amigos en Langley, el informe que aterrizaría en el escritorio de Scott apenas dos semanas después debió haber sido recibido con sorpresa.

El informe, con fecha del 5 de octubre, provenía de un informante de la CIA y su información, de ser cierta, significaría que Scott y sus colegas —y por extensión, la Comisión Warren— nunca supieron en realidad la historia completa del viaje de Oswald a la Ciudad de México. La informante, June Cobb, una mujer estadounidense radicada en México, tenía un pasado complicado. Traductora del idioma español, oriunda del estado de Oklahoma, en el pasado Cobb vivió en Cuba durante la década de 1960, donde había trabajado, de hecho, para el gobierno de Castro; en aquel entonces, aparentemente, simpatizaba con la Revolución cubana.

Ahora en la Ciudad de México, rentaba una habitación en la casa de Elena Garro, una escritora mexicana cuya fama había crecido en 1963 con la publicación de su muy elogiada novela Los recuerdos del porvenir. Scott reconoció el nombre de la talentosa y obstinada Garro del círculo de reuniones diplomáticas. Cobb describió haber escuchado una conversación entre Garro, su hija de 25 años de edad, Helena, y la hermana de Elena, Deva Guerrero, suscitada por las noticias de Washington sobre la reciente publicación del informe de la Comisión Warren.

Las mexicanas contaron entonces una historia extraordinaria: recordaron cómo las tres se habían encontrado con Oswald y sus dos amigos estadounidenses “de apariencia beatnik” en una fiesta ofrecida por la familia de Silvia Durán, en septiembre de 1963, apenas algunas semanas antes del asesinato.

Las Garro eran primas políticas de Durán. Cuando Elena y su hija “comenzaron a hacer preguntas sobre los estadounidenses, que permanecieron de pie, juntos, y que no bailaron en lo absoluto, ellos fueron llevados a otra habitación”, reportó Cobb. Elena dijo que ella continuó preguntando sobre los estadounidenses y que el esposo de Silvia le dijo que él “no sabía quiénes eran”, más allá de que habían sido invitados por Silvia.

Cuando Elena presionó nuevamente para conocer a los estadounidenses, le dijeron que no había tiempo para presentárselos. “Los Durán respondieron que los muchachos se irían de la ciudad muy temprano a la mañana siguiente”, según Cobb. Resultó que no partieron de la ciudad tan rápido; Elena y su hija dijeron haberlos visto al día siguiente caminando por una de las vialidades principales de la Ciudad México, la avenida de los Insurgentes.

Entonces las tres mujeres describieron su asombro al ver las fotografías de Oswald en los periódicos mexicanos y en la televisión en las horas posteriores al asesinato de Kennedy; inmediatamente recordaron haberlo visto en la “fiesta de twist”. Al día siguiente, descubrieron que Durán y su esposo, Horacio, habían sido consignados por la policía mexicana; los arrestos destacaron su certeza de que Oswald había estado en aquella fiesta. De acuerdo con el relato de Cobb, Elena dijo no haberle reportado ninguna información a la policía concerniente a Oswald por miedo a que ella y su hija fueran arrestadas de igual forma.

Pero sí hicieron para distanciarse lo más pronto posible de los Durán. Las Garro estaban “tan asqueadas” de pensar que Silvia Durán y su familia pudieran haber tenido algún tipo de conexión con el asesino del presidente Kennedy, que “rompieron relaciones con los Durán”. Scott podría haber esperado que la publicación del informe final de la Comisión Warren dejara atrás las interrogantes sobre Oswald, y la amenaza que alguna vez parecieron representar para la carrera de Scott; sin embargo, dada la información potencialmente explosiva proporcionada por June Cobb, él sabía que la embajada tenía que darle seguimiento.

El trabajo fue asignado al agregado jurídico del FBI, Clark Anderson. Había sido él quien, en las secuelas inmediatas del asesinato de Kennedy, se había encargado de la investigación local de las actividades de Oswald en México. Si alguien debería haber rastreado a las Garro, ése era Anderson. La historia que las Garro contaron a Anderson era congruente, hasta los mínimos detalles, con la historia que Cobb había escuchado por casualidad.

Elena Garro dijo que la fiesta se había celebrado el lunes 30 de septiembre de 1963, o en alguna de las dos fechas siguientes: el martes 1° de octubre o el miércoles 2 de octubre; ella recordaba haber pensado lo inusual que era ofrecer una fiesta-baile en un día entre semana. A la fiesta que se llevó a cabo en la casa de Rubén Durán, el cuñado de Silvia, asistieron aproximadamente 30 personas. Fue alrededor de las 10:30 pm, aseguró Garro, que los “tres jóvenes estadounidenses blancos llegaron a la fiesta.

Los recibió Silvia Durán y hablaron exclusivamente con ella. Ellos más o menos se aislaron del resto de la fiesta y, por lo que pude ver, no conversaron con nadie más”. Garro dijo que los estadounidenses “parecían tener entre 22 y 24 años de edad”. (Oswald tenía entonces 23.) Oswald, dijo, tenía puesto un suéter negro y parecía tener una estatura de aproximadamente 1.80 (Justo ésa era la estatura de Oswald.) Uno de sus compañeros estadounidenses “medía aproximadamente 1.82, tenía cabello rubio y lacio, la barbilla alargada y una apariencia un tanto ‘beatnik’”. Anderson le preguntó a Garro si recordaba a alguien más en la fiesta.

En efecto, recordaba a alguien: un joven mexicano que había coqueteado con su hija. El hombre fue contactado por el FBI y confirmó algunos elementos de la historia de las Garro, aunque, insistió, no había visto a nadie que empatara con la descripción de Oswald. Anderson envió su informe a Washington el 11 de diciembre y, según lo que sugieren sus archivos, no hizo nada más.

No existen registros de que se hubiera realizado ningún esfuerzo por contactar a la hermana de Garro, quien había asistido también a la fiesta. Anderson no sacó ninguna conclusión en el informe pero sugirió que las Garro simplemente se habían equivocado acerca de haber visto a Oswald.

Era una opinión basada en gran medida en el hecho de que Oswald no habría estado en la Ciudad de México en dos de las tres fechas posibles ofrecidas por Elena Garro para la fiesta, suponiendo que también se le hubiera visto paseando por la calle durante el día siguiente. “Se hace mención de que la investigación ha establecido que Lee Harvey Oswald salió de la Ciudad de México en autobús a las 8:30 am del 2 de octubre de 1963 y no podría haber sido idéntico al estadounidense supuestamente avistado por la señora Paz en la fiesta si dicha fiesta tuvo lugar la noche del 1° de octubre o el 2 de octubre”, reportó Anderson.

No mencionó un hecho que resultaba obvio: que en la primera fecha ofrecida por Garro, el 30 de septiembre, Oswald se encontraba en la ciudad y que podría haber sido visto en la calle al día siguiente. No quedó claro en los archivos de Scott si él habría notificado al cuartel general de la cia sobre cualquier parte de este recuento a su debido tiempo. Una posterior cronología interna de la estación de la cia en la ciudad de México sugeriría que ninguna parte del material llegó a Langley en 1964.

De ser cierto, eso significaba que el cuartel general de la CIA no sabría nada de las Garro —ni de la “fiesta de twist”— durante un año. Como era su costumbre, tal parecía que Wesley Liebeler no se pudo resistir a ocasionar problemas. Durante el verano de 1965 aceptó reunirse con un graduado de la Universidad de Cornell, Edward Jay Epstein, quien quería entrevistarlo sobre la Comisión Warren. Epstein, de 30 años de edad, estaba escribiendo una tesis de maestría sobre el gobierno, usando a la comisión como un caso de estudio para responder a una pregunta…

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