MANCERA, CREDIBILIDAD EN RIESGO.
cronica
Guillermo Ortega.- El Gobierno del Distrito Federal tiene un problema de comunicación política. Un problema grave. La crisis derivada de la desaparición de una docena de personas del bar Heaven, ubicado en la Zona Rosa, dejó en evidencia que a las autoridades capitalinas, comenzando por el jefe de gobierno, Miguel Mancera, les cuesta trabajo elaborar mensajes creíbles que los ciudadanos reciban como ciertos. Su desempeño ha estado por debajo de la expectativa. No es suficiente emitir y repetir hasta el cansancio un mensaje, digamos que en la ciudad no operan cárteles, si los habitantes de la ciudad, exigentes e informados, saben que esa visión y la realidad cotidiana avanzan por carriles distintos.
En esta crisis, ni el jefe de la policía ni el procurador de Justicia han resultado de mucha ayuda. No han sacado ninguna castaña del fuego; todas siguen ahí, carbonizándose. El resultado es que Miguel Mancera ha perdido parte del capital político con el que llegó al Palacio del Ayuntamiento, luego de su triunfo abrumador en julio del 2012. Mancera y los suyos han perdido de vista una realidad verificable: por su calidad de político sin partido, ciudadano, su apoyo principal no son, no pueden ser, no deben ser, las tribus perredistas, que han pintado su raya. Su apoyo real para ejercer el poder y para mantener vivas sus aspiraciones son los ciudadanos que sienten que en este lance, de la mayor importancia, se les ha tratado como menores de edad.
Miguel Mancera es un político lúcido y bien intencionado. No ha perdido el piso en estos primeros seis meses de gobierno, a pesar de las ráfagas de lisonjas que recibe. Seguro que se da cuenta que se metió, él solo, en un callejón sin salida. Está a tiempo de corregir y de establecer una comunicación más madura, de mayor respeto, con la ciudadanía. Puede comenzar con una reformulación del problema del consumo de drogas en la ciudad y sus efectos en la seguridad. El Distrito Federal es el principal mercado de consumo de drogas en el país. La distribución y venta de drogas es un delito que está controlado por delincuentes, cada vez más agresivos y peligrosos. Todos hemos atestiguado la proliferación de las llamadas narco-tienditas; o sea, los puntos de venta de droga, algunos de los cuales operan con un cinismo desolador. Hay que anotar algo que es una obviedad pero que a veces se soslaya: las narco-tienditas no podrían prosperar sin la cobertura, complicidad o colaboración de la policía. Si los vecinos de un barrio o de una cuadra saben en qué casa o en qué establecimiento se vende droga, la policía también lo sabe, pero se abstiene.




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